Una compañera me dijo hace unos cuantos años que ella no se casaría. Hasta le molestaba que le llamase novio a su novio. Ella decía que era solo su compañero. Esta misma amiga, porque ahora ya lo es, se casa hoy y hace ya un tiempito que no frunce el ceño cuando le hablamos de su novio. A partir de ahora, su marido. La vida es una auténtica colección de dónde dije digo, digo Diego. Yo mismo tuve que admitir ayer que me gusta, y mucho, la merluza. Años y años tachando de aburrido a un pescado que ayer me hizo chuparme los dedos y hasta felicitar a la cocinera. No se lo contaré a mi madre porque se enfadaría. El filósofo griego Heráclito dijo, más o menos, que nunca te bañas dos veces en el mismo río. Y es que aunque el cauce sea el mismo, las aguas que bajan son siempre distintas. Por eso lo que un día no es un novio o es un plato poco apetecible, con el transcurrir de los años se convierte en lo contrario. Porque cambian las circunstancias. Cambiamos también nosotros. La vida es cambio. Y para no pasarlo mal hay que ser firme pero flexible. Es la única manera de poder adaptarse. Es importante tener convicciones inmutables, pero también hay que saber que algún día puede que no lo sean tanto. Por culpa del tal Diego ese.