Dimitir es seguramente el verbo menos conjugado de tantos como existen en la lengua castellana. Yo dimito jamás se usa. Y como siempre hay un yo, inhabilita el uso del resto de las personas del verbo. Así, tampoco existen en nuestro día a día ni tú dimites, ni él dimite, ni nosotros dimitimos, ni vosotros dimitís ni ellos dimiten. La única forma en la que sí se usa este noble verbo es en el imperativo. Se dice mucho dimite, dimitid o equivalentes como el famoso váyase, pero nadie se aplica el cuento cuando le toca. Dimitir es una cuestión de dignidad y los políticos españoles flojean en esto como en tantas otras cosas. Por eso los ciudadanos los consideran como el tercer mayor problema del país. Y esto es un drama. ¿Qué hace falta para que un político dimita? Pues casi que le metan en la cárcel. Y algunos ni con esas. Si yo fuese el concejal de Xestión do Territorio de Vilagarcía, Marcelino Abuín, o la alcaldesa de la ciudad, Dolores García, -ambos del PSOE- ya habría dimitido. Por dignidad. Después del bochorno que nos han hecho pasar con el frustrado aparcamiento de Fexdega, que ambos han defendido en contra del resto del mundo. Una vez que se ha hecho evidente que nadie confía en ellos. Nadie. Ni en su propio partido. Yo, de ellos, conjugaría el verbo.