Querer es un verbo cotidiano. Tanto, que es raro que dediquemos dos minutos a reflexionar sobre él. Decimos te quiero como quien, apoyado en la barra del bar, dice quiero un café. Querer siempre me ha parecido una forma menor de amar. Porque una cosa es querer a alguien y otra amarle. Cuando se quiere se puede razonar el por qué. La quieres porque es guapa, porque es inteligente, porque te da paz o porque te hace reír. Por todo eso la quieres. La quieres para ti. Si, además de eso, quieres y no sabes por qué. Si quieres a pesar de. Si quieres y no lo puedes evitar. Si quieres aunque duela. Si te pasa eso, además de adentrarte desnudo en una jungla espinosa, es que amas. Y eso son ya palabras mayores. Amar es un estado de ánimo difícil de alcanzar. Cuando te sucede, te das cuenta de la verdadera medida que tienen las cosas. Te percatas de que hasta entonces no habías querido. Ni sufrido. De que no habías conocido la Verdad. Y no es una errata, me gusta poner esta palabra con mayúscula. Querer, sin embargo, sí es importante cuando se trata de uno mismo. En la vida, para no naufragar, es importantísimo saber lo que uno no quiere. Y eso es muy difícil, aunque no lo parezca. Claro, que más complicado aún es saber lo que uno quiere. Tanto como amar.