A veces, una única frase es capaz de proyectar más luz que un batallón de bombillas. «Yo solo sé que no sé nada», «el hombre es un lobo para los demás hombres», «cuando miras al abismo, el abismo también te mira a ti» o «la amistad es el amor sin las alas» son frases que explican el mundo en toda su amplitud. Demuestran el inmenso valor de la palabra. Porque el hombre es hombre por la palabra. Por su capacidad para entender el mundo gracias a la palabra. Ayer leí en el Facebook de una amiga una frase de un oncólogo brasileño, Drauzio Varella, que decía: «En el mundo actual se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres que en la cura del alzhéimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para qué sirven». No creo que nadie pueda resumir mejor la estupidez del hombre occidental que este médico ganador del Premio Nobel. Mi madre, que es sabia, dice que a ella no le preocupan sus arrugas o sus flacideces de la edad, pero que sí haría lo que fuese por rejuvenecer sus órganos. Su interior. Y ahí está el tema. Tenemos una sociedad de cirugía plástica. De Botox. Joven de apariencia, pero podrida por dentro.