Los uniformes tienen mala fama en este país. Será porque uno nos tuvo esclavizados tantos y tantos años. Fueron cuatro décadas en las que ese uniforme nos dejó sin libertad, sin dignidad. Sin un pasado hermoso y sin futuro. Debe ser por eso que aquí es mencionar la palabra uniforme y brotan sarpullidos en tantas pieles. A mí, en cambio, me gustan los uniformes siempre y cuando el que los viste no me intente hacer la vida imposible. Yo al colegio iba con uniforme y nunca entendí por qué en la gran mayoría de los colegios públicos no se usaba. Muchos creen que el uniforme es una cosa de pijos. De colegios de niños bien. Pero es justo lo contrario. El uniforme es lo menos clasista que existe. En Cuba todos los niños van al cole con el mismo uniforme, por ejemplo. En el colegio público de Conmeniño, en O Grove, son los padres los que quieren ahora que sus hijos vayan con uniforme. Es normal. Es lo más económico porque tienes que comprar menos ropa. Es lo más práctico porque no tienes que pensar todos los días qué le pones al niño. Y es lo más igualitario que existe. Porque el hijo del que come en porcelana y plata viste igual que el que usa plástico. Sin marquitas, sin competencias, sin crueldades. Todos igualados por fuera, aunque seamos diferentes por dentro.