03 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

He pasado buena parte de mis vacaciones en Oropesa. Una comarca toledana en la encrucijada entre las dos Castillas y Extremadura. Una auténtica sartén, sí. Hacía un calor asfixiante, pero a mí me ha servido para sanear muchas humedades internas. Pasé varios días en un pueblecito llamado Calzada donde unos muy buenos amigos, María Orriols y Eduardo Flores, tienen una casita de campo muy chula. Nada más llegar, nos dimos un baño en las piscinas naturales del río Tiétar, al pie del pico Almanzor, la cumbre del Sistema Central. Fue como un bautismo. En aquellas aguas se quedó el ocre incrustado en mi piel. Y en el bar Luengo -el Manolo-, donde las rondas de cañas se te acumulan en la barra porque invitas y te invitan sin parar, la mueca se me hizo sonrisa y carcajada. En «las cañas», como le llaman allí a cascarse tropecientas cervezas en un eterno aperitivo que acaba de noche, viví momentos difíciles de explicar. Yo diría que festivo-surrealistas. Felices. Es de bien nacido ser agradecidos. Y yo a Calzada le debía estas líneas. Sobre todo a Fernando y a Meli, que solo tienen un defecto, que es vivir tan lejos de mí y no poder verles más a menudo. Ahora entiendo que España es más que sol y playa. También es Calzada. Sol y cañas.