Los dueños del pueblo

AROUSA

De vez en cuando surge de la nada una pandilla de seres que se dirían tocados por la varita mágica de la inteligencia práctica. Sucede en todos los tiempos, en todos los lugares y en todos los grupos humanos. A veces se entienden entre ellos, se reconocen en su escalada, y entonces la cosa funciona como un tiro. En ocasiones, en cambio, cada uno va por su lado y la jugada se complica, pero acaba llegando al feliz objetivo, que siempre es el mismo: hacerse con el control de su entorno inmediato desde todos los frentes posibles. Están en todas las salsas, son los más guapos, los más inteligentes, se gustan mucho. Su careto y sus movidas comienzan a aparecer en cada esquina, en casa sarao. Qué ideas tienen estos lúcidos personajes, qué saber estar. Cualquiera a su lado se siente poco menos que un atontado, un apestado, un paria. Qué majos que son, qué tropa tan de pinga. Como piensan que los demás son cortitos, pobrecitos ellos, construyen sus chiringuitos sin molestarse en camuflarlos demasiado. Para qué vamos a derrochar esfuerzos en banalidades, si los siervos de la gleba no se enteran. Ellos son muy listos, efectivamente. Por suerte, los demás no somos tontos del todo.