Los que nos condenaron a la oscuridad mediocre durante casi medio siglo de ignominia gritaban «España entera y solo una bandera» cuando se crearon las autonomías. Esa idiotez hizo que en todos estos años de democracia a muchos españoles la bandera rojigualda les diera repelús aunque el aguilucho hubiese volado de ella hace mucho. No hay que olvidar que la bandera de la España legítima y republicana era tricolor y que en la Transición las izquierdas fueron generosas al aceptar de nuevo la enseña roja y amarilla. Pero la herida quedó ahí. No era mortal, pero necesitaba tiempo para sanar. Y en esto La Roja gana el Mundial y España se viste de banderas rojigualdas y a casi a nadie le rechinan. España necesita recuperar la normalidad de un país que ama a su bandera. A sus banderas. Porque en este Estado que aún nos queda por construir unas no van contra otras. Son complementarias. La ikurriña, la señera o la enseña de Galicia son banderas españolas. Tanto como la rojigualda. Y en la celebración del título los jugadores portaban unas y otras con la misma naturalidad con la que estos tíos tan grandes hacen el mejor fútbol del mundo. Si Villa llevaba la de Asturias, Pujol puede llevar la de Cataluña y no pasa nada. Gracias, fútbol, por redimirnos de tanta estupidez.