Este país va mal. Y no porque la Roja haya perdido su primer partido en el Mundial de Sudáfrica contra la, agárrense, «todopoderosa» Suiza. No. Ni siquiera por los cinco millones de parados. Ni por la crisis económica. Ni por el descrédito de nuestros políticos. De todos. De los del Gobierno y de los de la oposición. Ni por el papelón que están haciendo los sindicatos. Ni porque juzguemos al único juez que se atrevió a hacer justicia con el Franquismo. Va mal porque somos un país de cuchufleta. Desestructurado. Un país en el que hay trenes de alta velocidad sumachigún -esta palabra me la he inventado yo y quiere decir algo así como megaguay- pero nos hemos olvidado de las cercanías. Un país en el que puedes ir de Lalín a Ourense gratis por una autovía bien hecha pero para ir de Lalín a Santiago te cobran una pasta por circular por una autopista más bien malilla. Un país en el que es casi imposible ir a trabajar o hacer cualquier trámite utilizando transporte público porque nadie se ha tomado la molestia de crear rutas de autobús baratas y con frecuencias adecuadas. Y un país, y esto ya es el colmo, en el que construimos un hospital como el de O Salnés y hay que mendigar que la Xunta cree una línea de bus pública que lo conecte con Vilagarcía. Mal.