El empresario que quiso abrir el hotel Bonecas en Cambados y no pudo hacerlo por la oposición vecinal busca otro lugar para un negocio que funciona en la comarca
11 may 2010 . Actualizado a las 10:28 h.Luis Aragunde tuvo que respirar aliviado cuando el empresario que pretendía abrir el hotel Bonecas y la familia Briones, que le había alquiladoel inmueble, firmaron la rescisión del contrato. Porque aunque el Concello ya se había amarrado a todo tipo de resquicios legales para impedir que se asentara en pleno paseo marítimo de San Tomé una actividad que no querían los vecinos, lo cierto es que el inquilino había llegado incluso a amenazar con llegar a los tribunales, porque insistía, lo que él quería abrir era un hotel, y para eso tenía licencia.
Lo cierto es que, como él, hay muchos empresarios que se amparan en el limbo jurídico que hay en torno a los prostíbulos para ejercer una actividad que no está prohibida en España, por lo que los ayuntamientos que no quieren que un burdel, casa de citas o club de alterne, como quiera que se le llame, se instale en sus dominios, no pueden hacer más que vigilarlos con celo hasta que incumplan alguna norma, porque la oposición vecinal, basada en cuestiones morales y no legales, no siempre es suficiente.
Que se lo digan sino al alcalde de La Jonquera, en Girona, que acaba de recibir una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña que le obliga a dar licencia de obra y actividad a un empresario que pretende abrir un prostíbulo con un centenar de habitaciones. Montar un burdel es una actividad lícita en Cataluña desde un decreto publicado en el año 2002, y el empresario en cuestión, aunque anteriormente se le había imputado en un supuesto delito de trata de blancas, había solicitado, con todas las de la ley, una licencia como local de pública concurrencia donde se ejerce la prositución.
Es verdad que para abrir un local de estas características hay que cumplir una serie de requisitos, como por ejemplo, que esté alejado de los núcleos de población. Esa premisa no la cumplía el hotel Bonecas de San Tomé, que además tenía licencia de hotel, pero como el establecimiento aún no había abierto y el arrendatario se empeñaba en asegurar que sí iba a ser un hotel, la administración local tendría que recoger pruebas para demostrar que allí se ejercía la prostitución.
Paredes fucsia
Según el empresario, lo único que iba a haber era chicas en la barra que libremente podían ofrecer su «agradable compañía» a los clientes que lo deseasen. Y es de suponer que como prueba no tuviesen mucha consistencia los detalles enumerados por los escandalizados e ingenuos dueños del hotel, que no se dieron cuenta de las intenciones del inquilino hasta que vieron las paredes pintadas de fucsia y las bombillas adornadas con farolillos rojos. Como mucho, se les podría acusar de un atentado contra el buen gusto. Pero nada más. Por eso los dueños optaron por rescindir el contrato e indemnizar al inquilino antes de llevar el asunto a los juzgados y que un abogado espabilado supiera valerse de los vacíos legales en torno a tan antiguo oficio.
Lo ocurrido en Cambados no es nuevo en Galicia. La guerra que el alcalde de La Jonquera le declaró al presunto proxeneta de Girona, y que perdió, se libró también en los últimos años en Corcubión, aunque en este caso, la batalla la ganaron el regidor y los vecinos. Hace dos años se quiso convertir en club de alterne un antiguo apartotel ubicado en la playa de Quenxe. El nombre del rótulo lo decía todo: La gata de cristal. Más o menos prometía lo mismo que el hotel Bonecas. Los vecinos se pusieron en pie de guerra y las asociaciones de padres de alumnos se movilizaron, ya que el edificio estaba al lado del colegio. El alcalde de la localidad seguía el asunto «muy de cerca» para ver por dónde podía impedir la apertura de un local que había solicitado licencia bajo la calificación de café bar especial; o sea, con permiso para cerrar más tarde y música en vivo.
La batalla fue larga, y los dueños lo intentaron de nuevo con una modificación de la licencia. Quizás aburridos de tanto esperar o de que la administración local les obligase a dar vueltas para no llegar a ninguna parte, a principios de año colgaron el letrero de «se vende». Como las bonecas de San Tomé, las gatas de cristal se fueron a otra parte.