Creo que ya he dicho muchas veces que odio los días de. Es decir, todos esos días de cosas que se han inventado. Pero el día de la madre es otra cosa. Tiene un significado especial. Distinto. Es una de esas fechas en las que me cuesta estar tan lejos de mi familia como lo estoy. Mis padres viven en Madrid y, aunque soy gallego de pensamiento y obra, la familia es la familia y tira mucho. Y más la madre. Al menos mi madre. No ya porque me ha cuidado, amado y protegido toda la vida. Aún ahora que ya voy teniendo canas. Ha hecho mucho más. Quizás lo más importante es que me ha enseñado a amar. A no hacer infeliz a los que te aman. A los que amas. Me ha enseñado a dar el brazo a torcer. A saber que muchas veces la felicidad está en hacer lo que los demás quieren. En ceder. Y hacerlo por amor. Muchos disgustos le he dado yo a mi madre. Y no paro. Soy un tipo vehemente e impulsivo, lo que muchas veces me convierte en una bomba de relojería. Pero eso no ha sido lo peor para ella. Lo que de verdad no soporta mi madre es cuando me nota infeliz. Triste. Eso sí que le preocupa. Mucho más que todas las cafradas que hago y los líos en que me meto. Así es el amor de madre. Ella es feliz si yo lo soy. Y es ese amor verdadero el que mueve el mundo.