La vida es un cruce de caminos. Una encrucijada. Una lotería. Una apuesta en la ruleta. La vida es rara. Es una sucesión de rutinas pincelada de momentos distintos y únicos. A veces pienso si la vida son las rutinas o los momentos únicos. Por cantidad, las rutinas ganan por goleada. Pero el alma de una persona está cincelada no por las horas que se pasa durmiendo, lavándose, caminando de vuelta a casa o afeitándose frente al maldito espejo que te grita cada día lo que ya nunca serás. Está labrada a fuego por esas horas de viajes maravillosos, olores increíbles, abrazos verdaderos, besos interminables, emociones imborrables y alegrías o tristezas que son capaces de punzarte en la más remota célula del corazón. Hay días que siento que mi vida no tiene sentido. Que me veo desde fuera y me parezco una sombra que va de un lado para otro y no llega jamás a ninguna parte. Otros días siento que soy el amo del mundo. El centro del universo infinito. Siento que soy una fuerza incontenible de la naturaleza. Un volcán. Un terremoto. Un huracán. Y otros creo que la vida en realidad no es ni una cosa ni la otra. Que no es sino disfrutar con cada rutina como si fuese un momento único y saber que tras cada uno de esos momentos únicos hay una rutina. Y ese es el camino.