Semana Santa

AROUSA

La Semana Santa me trae muchos recuerdos. Casi todos de la niñez. Todos los años hacíamos lo mismo. Metíamos las maletas en el coche y mis padres, mi hermana y yo viajábamos desde Madrid hasta A Coruña para reunirnos con la familia. Aquellos sí que eran viajes. Doce horas por una carretera llena de curvas y de camiones. Se paraba a comer, a merendar y a veces hasta a cenar. Y nada de una cosita rápida en una estación de servicio, como se estila ahora. En aquellos años, se escogía un pueblo, se paraba y se iba de restaurante. Eso eran paradas de verdad. También había las clásicas paraditas para comprar cosas típicas, como las mantecadas y el chocolate de Astorga. Aquellos viajes tenían algo de epopeya homérica. Para un gallego de Madrid, venir a aquella Galicia era entrar en un mundo completamente distinto. Mágico. Recuerdo que me impresionaban todas esas casas pegadas a las carreteras. Me imaginaba cómo sería la vida de aquella gente al borde del camino. O los chorizos y salchichones colgando del techo en la casa de aquella aldea en la que mis tíos tenían familia. Ya ni recuerdo el nombre. Aquella Galicia y aquella España por la que viajábamos entonces ni se parece a la de ahora. Todo cambia, pero siempre nos quedarán los recuerdos.