El tinglado se nos viene abajo. Por culpa de los excesos de la izquierda y la derecha. Hace tiempo que los servicios públicos se han llenado de trabajadores que, sobre todo los funcionarios, gozan de privilegios que no existen en la empresa privada. El suyo es un mundo de muchos derechos y pocos deberes. El resultado es un gasto inasumible y, lo que es peor, una nula eficiencia y eficacia. Este exceso le ha abierto la puerta a otro, el de los que creen que todos los servicios deben ser privados. En las dos últimas décadas hemos privatizado casi todo. Y cuando ya no quedaba nada más, han empezado a hincarle el colmillo a algo tan goloso como la sanidad. El PP es el adalid de este modelo de sanidad publiprivada. Es decir, de centros públicos con gestión, y ahora hasta construcción, privada. Lo han hecho en Madrid y en Valencia y antes lo intentaron en Galicia con las famosas fundaciones. El resultado es francamente lamentable. El modelo es Inglaterra, un país en el que las infecciones hospitalarias son tan altas que son noticia de primera plana y forman parte del debate político. ¿Es eso lo que queremos? Yo no. Yo creo que no todo se puede privatizar. La salud, la educación y los servicios sociales son sagrados. Aunque los amenacen los excesos de unos y otros.