El caso Alfageme es un claro ejemplo de por qué este país camina directo hacia el más profundo abismo económico y social. En pleno bum urbanístico, una empresa constructora compró el grupo conservero Alfageme, una de las marcas míticas de una industria hasta hace nada importantísima en la economía gallega. Su intención no era enlatar atún y sardinas, sino dar un pelotazo urbanístico en Vigo y, en menor medida, en O Grove. Pero los nuevos dueños de Alfageme, Promalar, no tuvieron en cuenta que las leyes urbanísticas impedían sus planes. Llega la crisis y todo se complica. ¿Y ahora qué? Cientos de puestos de trabajo en juego y un pasito más hacia la desindustrialización más absoluta. La Xunta interviene y se hace un plan de viabilidad que ¿saben a qué conclusión llega? Pues que el dueño de Alfageme, la familia Lago, tiene que dejar la empresa para que sea viable. Qué humillante. El colmo de los colmos es que después de aceptar 30 millones de aval público y otras subvenciones, Promalar dice ahora que para que se vaya a casa y deje a Alfageme buscarse el futuro que esta empresa le negó le tenemos que dar 20 millones de euros y dejarles construir en Vigo y O Grove. Como diría el finado de mi primo Miguel, y tu culo un futbolín.