Me he puesto en el móvil, como señal de llamada, el «My generation» de The Who. La elección, un poco al azar, ha sido algo premonitoria porque últimamente he hablado mucho de cómo eran las cosas cuándo los que nacimos en los gloriosos años 70 vinimos al mundo. En la tele solo había dos canales y el día que mi padre dijo que iba a comprar un televisor en color mi hermana y yo le respondimos que el que teníamos ya era en color, porque el blanco, el negro y toda la escala de grises también son colores ¿no? Había más color en aquellos años en blanco y negro que ahora que tenemos mil canales en la TDT y pantallas de plasma en cada casa. Los de mi generación jugábamos en parques oxidados y hacíamos campos de fútbol en los que los postes de la portería eran las mochilas del cole. En nuestro mundo ni se te ocurría alzarle la voz a un profesor por muy macarra que fueras, se comía y se cenaba en familia siempre que se podía y un leve arqueo de la ceja de tu padre cuando aparecía un rombo en la tele -que significaba que el programa era para mayores- era suficiente para, sin rechistar, irse a la cama. Me debo estar haciendo mayor, porque aquellos años me gustan más que los que vivo. Y ese es un síntoma inequívoco de vejez.