Todo el mundo odia los temporales. Temen al viento y la lluvia y hasta se dan alertas naranjas y rojas para poner a todo el mundo en aviso de los efectos perjudiciales que tienen las ráfagas de viento cuando superan los cien kilómetros por hora. Como se hacía en los tiempos de guerra con los bombardeos. Como si fuese ahora el cielo el que nos atacase. Es cierto que cuando sopla duro como estos días se caen árboles, se producen inundaciones, la flota debe quedarse en puerto y hay un montón de inconvenientes. Es cierto. Pero el viento es la vida. Es el que nos impulsa. El que llena nuestras velas y nos hace caminar. El que impulsa todos los cambios que nos hacen falta en la vida. Aunque también los que no nos hacen falta. A mí me gusta el viento. Me gusta sentirlo en la cara. Adoro esa sensación de libertad. De vida de verdad. El viento es como el mar, que cuando te ama te hace sentir vivo aunque estés en la más tenebrosa de las tormentas. Los vientos de la vida traen cambios. Desastres. Nos ponen contra las cuerdas, pero también nos hacen sacar lo mejor de nosotros mismos. Es en la adversidad cuando el hombre tiene que demostrar que sabe superarse a sí mismo. Que no pierde el control. Mejor un viento destructor que una vida de aburrida calma.