La única manera en la que puedo escribir sobre el partido que voy a jugar esta tarde es antes de haberlo jugado. Antes de haber arrastrado mi cuerpo por el césped, de haber fallado siete pases, de no haber llegado a cinco centros y de haber errado tres remates a gol. Antes de todo eso, aún cabe en mí algo de afán por la épica y el heroísmo. Aún puedo pensar que el tradicional partido de Navidad entre Espanha, el equipo de la cafetería A Marina, y Portugal, en el que juegan los artistas locales y sus amigos, como yo, será uno de esos encuentros llenos de tensión, pasión, nervios y hasta momentos de buen juego. Hubo un tiempo en el que fue así. Pero los años no perdonan. Y cada Navidad cuesta más formar los equipos. Lesiones, ausencias y los que se nos han ido para siempre nos lo ponen difícil. Pero por eso jugamos. Por los que ya no pueden jugar. Por los amigos con los que tanto compartimos. Por Oli, por Tino y por Pavi. Ellos se merecen que sigamos teniendo la ilusión de juntarnos para jugar al noble arte del fútbol. Aunque en nuestros pies ya casi no quede rastro de ese arte. Ellos se merecen que volvamos a ser niños por un día como en aquellos partidos de patio de colegio en los que uno se sentía en la final de la Champions. Se lo merecen. Y yo jugaré por ellos.