Dejar de fumar

AROUSA

He dejado de fumar. Por enésima vez. En una ocasión estuve cinco años sin encender un pitillo. Fue mi récord. Una mala noche, se me ocurrió volver a pegar los labios a la perra colilla y cuando me quise dar cuenta volvía a ser un esclavo de la nicotina. Porque eso es lo que es ser fumador. Estar esclavizado. Condenado a una muerte lenta que se te acerca con cada calada que das. Envenenado poco a poco no tanto por el tabaco, sino por las sustancias químicas con las que las tabacaleras adoban y sazonan los cigarrillos. Hay que estar muy motivado para vencer la terrible ansiedad que se siente cuando no se fuma. Hay que tener la cabeza ocupada con algo más fuerte que la nicotina. Algo que te sacie más. Que te anime a romper con la oscura dinámica de muerte que empieza en el estanco o en la máquina de tabacos y termina cuando, calada tras calada, llenas tus pulmones de humo a pesar de que sabes que es malo. Yo esta vez estoy motivado. Se lo he prometido a alguien muy especial. Alguien a quien no quiero fallarle. Alguien que no me ha pedido que deje de fumar, pero a la que sé que hago feliz luchando contra mi adicción. Dejar de fumar es una aventura llena de peligros. Hasta ahora he fracasado, pero algo me dice que esta vez es para siempre.