Cien años provocando sonrisas

AROUSA

La familia «Rampín» lleva ya más de un siglo actuando bajo carpas de circo y en escenarios con un único objetivo: ofrecer un rato de felicidad a niños y mayores

22 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

En el año 1906 comenzaba a trabajar el primer payaso de la saga Rampín. Algo más de un siglo después, la vocación de despertar sonrisas todavía no se ha perdido en la familia, de manera que la séptima y la octava generación ya están recorriendo escenarios.

Jesús Santos Rampín sabe que nació en Santander, pero no puede concretar muy bien de dónde es originaria su familia. La vida de los cómicos es itinerante y cada uno nace allí donde lo decide la agenda de espectáculos. Pero sus padres pasaban mucho tiempo en Galicia y un buen día, después de recorrer media Europa, Jesús decidió que había llegado la hora de asentarse. Sus hijos necesitaban una estabilidad para ir al colegio que su vida errante no les daba. Así que con sus hijos y con su mujer, una balcánica enamorada de Galicia, se asentó en Vilanova.

Desde allí prepara, por la semana, sus espectáculos, mientras María Magdalena, de veinte años, Patricia, de 17, y Víctor, de tan solo cinco, se dedican a sus estudios. El fin de semana cogen su furgoneta o un billete de avión y se desplazan a actuar allí donde los reclamen.

Jesús se enfrentó por primera vez al público cuando tenía dos años. «Normalmente hemos salido como espontáneos. Siempre ha sido así, salimos y a la gente les gusta. Y una vez que sales ya no puedes quedarte dentro», apunta su primo Feri, que trabaja en el espectáculo.

En su oficina de As Sinas, una buena colección de fotos testimonia un pasado lleno de reconocimientos, pero también de sacrificios. «Mis antepasados viajaban en carromato», cuenta Jesús. «Mis padres me contaban que cruzaban por los montes y ahuyentaban a los lobos tocando», añade.

Premonición o no, lo cierto es que al primer número que Jesús hizo en el circo, con su hermana, le llamaron La Gallegada . Vestidos con el traje regional, bailaban una muiñeira.

En el circo de su padre trabajo hasta que se casó. Desde entonces trató de buscarse una vida independiente. Lo hizo como payaso. «Tenía una agencia artística que me buscaba contratos, sobre todo en el extranjero, porque pagaban mejor que aquí». Así recorrió una veintena de países europeos, y también Jordania. «Las actuaciones las hacíamos en el idioma del lugar. Se aprende mucho. Yo aprendí inglés, francés, italiano y búlgaro, porque mi mujer es búlgara».

Cuando regresó a España montó su propia empresa. Los comienzos fueron difíciles, y estuvo a punto de tirar la toalla. Pero «al final ha ganado la satisfacción de ver la felicidad de los niños». Así que toda la familia sigue trabajando en lo que más les gusta: hacer reír a los demás. Su mujer confecciona el vestuario y los personajes. Son ella y sus hijas quienes se meten en la piel de los muñecos que acompañan a Jesús y Víctor.