Mi amiga Angelina y yo fuimos ayer al gimnasio juntos. Ella va mucho y tiene cuerpazo, pero yo hacía tiempo que no pisaba el parqué y que no me subía a la bicicleta estática, la cinta de correr o al aparato para hacer elípticas, que es nuestro preferido. Angelina es una chica genial. Me encanta estar con ella porque se le ocurren todo el tiempo ideas extravagantes e ingeniosas. Ayer, mientras nos torturábamos con media hora de elípticas, no sé si por el esfuerzo o por el cansancio, se giró hacia mí y me dijo que muchas veces se había planteado por qué en los gimnasios no se aprovechaba toda la energía que generamos los deportistas moviendo esos aparatos como hámsteres que giran y giran en la rueda de su jaula. Al principio me reí, pero inmediatamente se me vino a la cabeza la imagen de millones y millones de personas en todo el mundo corriendo, pedaleando y esquiando -que es lo que se hace en las elípticas- y pensé que, una vez más, la ocurrencia de mi amiga Angelina no solo era graciosa, sino válida e interesante. Porque cada granito de arena es importante en lo que se refiere a la energía. Porque cada vez que no contaminamos para generar electricidad cuenta. Al mundo le hacen falta más Angelinas. Suerte que yo tengo la mía.