Nacho, «jazz» y color desde Carril

Begoña Paso redac.arousa@lavoz.es

AROUSA

Ignacio Salorio del Moral nació bajo el signo de la luz gris y matizada de A Coruña. Su periplo vital, intenso y apurado hasta sus últimas consecuencias, le dirigió, un buen día, hacia Carril. De aquello hace ya cuatro años, y puede decirse, sin temor a errar, que Nacho es, de alguna forma, un carrilexo más. Emilia Graña también, por supuesto. Del buen hacer de los dos da buena fe ese pequeño rincón especial llamado Loxe Mareiro. En punta Portugalete, hay un enclave mágico en el que la luz y el mar se imponen sobre cualquier otra impresión. Ambos elementos resultan fundamentales a la hora de explicar la obra más reciente de Nacho, ofrecida al público vilagarciano durante todo el mes de octubre desde la sala Antón Rivas Briones. La muestra es mucho más que un recorrido a lo largo y ancho de tres décadas de pintura. Es, sobre todo, un viaje desde el universo interior de un hombre inquieto, de su tiempo, una persona comprometida con sus ideas y con sus gentes, hacia un universo exterior, compartido, pleno de colores y matices. Tiempo habrá de degustar con el debido reposo las treinta y tantas piezas que Nacho Salorio propone en la casa de cultura. Por ahora, basta saber que la inauguración, desarrollada anoche, sirvió en bandeja otro de los ingredientes sin los que la obra de Nacho Salorio no podría explicarse: la amistad, la mano tendida de forma permanente, la ocasión del diálogo y el disfrute conjunto. Hubo, claro que sí, muchos amigos que ayer acompañaron a Nacho y a Emilia en su explosión de color (ojo a la magnifica tira que se despliega vertical y horizontalmente sobre el espacio versátil de la Rivas Briones). Subsiste, por fin, bajo el disfrute de la pintura otro elemento esencial: la música, la banda sonora que anima el universo tan personal que Nacho construye con cada trazo. En esta ocasión, fue el Pablo Seoane Trío quien se encargó de proponer un periplo a través del jazz. La inauguración pasó, pero el encuentro de ayer no se agotó en la casa da cultura. Carril, siempre presente como catalizador de la evolución pictórica de Nacho Salorio, constituyó también la última estación, anoche, de una fiesta de luz, color y amistad. Sucedió, claro, en el Loxe Mareiro, cruce de caminos donde todo, o casi todo, es posible. Allí, a un paso del mar de Arousa.