Y Loquillo se peinó a medianoche

AROUSA

El Loco desempolvó sus clásicos con chulería y A Xunqueira se vino arriba

22 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Cuando uno lleva a cuestas diez o doce temas de esos que se tatúan en algún lugar de la memoria de toda una generación no puede haber fallo. Antes o después, la botella tiene que descorcharse. En el caso de Loquillo, el momento se hizo esperar casi una hora. Nuestro hombre aterrizó el jueves en Vilagarcía con la firme intención de desgranar su último trabajo, Balmoral . Y cualquiera le dice que no a un tipo que mide dos metros y gasta una chulería a prueba de timoratos. Así que el Loco se puso a lo suyo. Peito fóra, adornado por su incombustible tupé, siempre de negro riguroso, Loquillo exprimió a tope las muchas posibilidades que le brinda una banda excelente para tratar de convencer al personal de que hay vida después de los Trogloditas, aparcados de momento como aquel mítico cadillac en el Tibidabo tras la muerte de uno de sus guitarristas.

No estuvo mal. Pero una cosa son los propósitos de uno y otra muy distinta las exigencias que a cada cual le impone su leyenda. La de Loquillo es larga. Conviene recordar que la gira de A por ellos... que son pocos y cobardes , la que encumbró definitivamente a este barcelonés ácrata y rocabilly acaba de cumplir veinte años. Andaba el tema a vueltas con Balmoral cuando, apenas un par de minutos antes de medianoche, el Loco sacó de algún bolsillo un peine. Dos pasadas a cada lado de su erguida testa bastaron para comprobar que algo estaba a punto de suceder. El público, entregado, con A Xunqueira hasta los topes. El hombre se acerca al borde del escenario. Gestos, rictus y pose de estrella para dar comienzo al desparrame final. Todo el mundo ama a Isabel prende la mecha de un nuevo concierto. Con margen para demostrar lo que hay después de tantos años de carretera, Loquillo se crece. El personal, ahora sí, se sabe las letras con faltas, puntos y comas. La historia comienza a rodar. Funciona la especial química que solo los grandes son capaces de transmitir.

Cuando éramos los mejores

La chulería solo es tolerable cuando hay tablas sobre la que sostenerla. El que escribe, la verdad, está más cerca de la coña hardcore de Def Con Dos que de este señor tan serio de Barcelona. Pero cuando un tío se asoma de esta manera a un escenario no hay otro remedio que quitarse el sombrero, pasar de tonterías y disfrutarlo sin prejuicios. Fue un placer, por lo tanto, corear temas como La mataré , Ritmo de garaje y, sobre todo, el impresionante Rompeolas , todo un himno surgido de las raíces de aquellos 80 en los que, como nuestro amigo vocea en otra de sus letras, todos éramos mejores, o teníamos más pelo o la barriga nos asomaba menos por encima del cinturón (quien lo lleve).

A todo esto, Loquillo estaba a gusto. El tramo vampiro de su concierto se lo curró ya sin la americana. En manga corta y más estrella que nunca, tiró de repertorio y lentejuelas. Esa chulería que es marca de la casa sirvió para presentar una versión de los Sírex y para ir preparando al personal camino de la traca final. Quien más quien menos iba pensando ya en aquella rubia del asiento de atrás, el primer amor, con catorce años y una televisión en blanco y negro, informó el protagonista del tema. No se puede contar mucho más, salvo que A Xunqueira se vino abajo, arriba, mejor dicho, mientras los músicos que arropaban al jefe demostraban por qué este negocio es como es, por qué la sangre en directo siempre superará al caldo enlatado.

Desde las palmeras de A Xunqueira, pasado un rato, a las copas del centro. Porque Loquillo y su banda, como también hicieron Pignoise, se dejaron caer por pubs y baretos de madrugada. Como tiene que ser, o es que somos marcianos, carallo.