«Tolkien era un tipo muy extraño»

AROUSA

Estudió en Santiago, donde se apropió del camión de bomberos, pero se licenció en Oxford y conoció a mil y un personajes antes de retornar definitivamente a Galicia

04 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Juan José García Castro nació en Vilagarcía en febrero de 1936, «en un país libre», en pleno martes de Carnaval. Pronto comenzó a tomar sus propias decisiones, ya que, apenas estrenadas sus primeras palabras, al preguntarle por su nombre, el pequeño vilagarciano acertaba a balbucear algo así como «Juan Kaké», apelativo que le acompañaría a todas partes y en todo tiempo. Esto de bautizarse a uno mismo puede parecer una genialidad. Nada extraño si se piensa en una quinta, la del León XIII de aquel año, que ha dado un químico de la NASA, miembro del equipo que envió al primer hombre a la Luna, otros tres alquimistas, un traumatólogo del Juan Canalejo, un ex secretario de la Audiencia Nacional y otros dos médicos, de un grupo de 17 alumnos. Por aquel entonces, sin embargo, los títulos quedaban lejos. Mucho más apasionante resultaba defender la Alameda, rechazar a pedradas las incursiones de las bandas de la playa (la zona del Casablanca, aquella era otra Vilagarcía), Os Duráns y O Ramal, y desgastar la moral de míticos guardias, como el Torero o el Croio, a base de mil y una maldades. Han pasado décadas, pero todavía es posible ver a la cuadrilla reunida frente al España, la mañana de San Roque, a la hora del vermú.

Después de un bachillerato que transcurrió «sin pena ni gloria», el destino y la matrícula en la Facultad de Ciencias encaminan a Kaké hacia Santiago. «Tuve la suerte de aprender con catedráticos importantes, no como los de ahora, don Luis Iglesias, don Tomás Batuecas, don Ignacio Rivas, los tres republicanos; tanto es así que don Ignacio te llamaba ''ciudadano''».

De la etapa compostelana, además de la militancia en los equipos de rugby y atletismo, la participación en la primera huelga de estudiantes bajo el franquismo, allá por el 54, y de una «carrera mediocre» que no llegó a un final feliz, la etapa compostelana guarda un hito imponente: «Destacaría, de mis juergas en Santiago, un día de Santo Tomás del año 56 en el que decidimos apropiarnos indebidamente del único coche de bomberos que había en la ciudad». Aquella tartana, que no remontaba el Hórreo a no ser que fuese empujada, tomó posiciones frente a las cocheras del Castromil (derruidas estúpidamente en los 70 para crear ese bodrio llamado plaza de Galicia) y, una vez persuadido el «acojonado chófer» de la conveniencia de enchufar el agua, hizo frente a manguerazos a los grises que acudían a la carrera. El recorrido triunfal prosiguió por el Toural, la Rúa do Vilar y el campus, donde el vehículo se detuvo definitivamente, no sin antes rociar con la debida generosidad a los participantes en una suerte de (colóquense aquí todas las comillas del mundo) mitin político de la época.

El campo de trabajo de York

Este tipo de hazañas se esfumaron en 1962, cuando en la casa de los García Castro apareció una carta abierta invitando a Kaké al congreso de jóvenes comunistas de Praga. «A partir de entonces el teléfono de casa estuvo intervenido y yo, la verdad, decidí conocer Inglaterra». Así se produjo su desembarco en un campo de trabajo de la National University, cerca de York. La convivencia con más de un centenar de jóvenes procedentes de más de veinte naciones distintas hizo del dominio del inglés una destreza imprescindible. Cuando llegó la hora del retorno, Kaké se lo pensó dos veces. «Aquel ambiente sociopolítico tan diferente me convenció de quedarme allí». Se lo posibilitó un trabajo en una granja modelo, con 4.000 hectáreas, 110 becerros, 330 ovejas y 4 hombres a su cargo, que completaban desde la jefatura aquella fauna. «El dueño era un tipo, mayor del ejército, al que el 39 cogió en la academia militar y se chupó la guerra desde la campaña de Egipto, pasando por todo el norte de África y toda Italia. Al terminar, con menos de 30 años, lo jubilaron con un sueldazo».

Una moza coruñesa despertó a Kaké del sueño agrícola, devolviéndolo al campo estudiantil. Allí conoció a su primera mujer. Y juntos emprendieron una aventura empresarial que en solo seis meses les llenó los bolsillos de libras: la regencia de un café de camioneros entre las nueve de la noche y las nueve de la mañana.

El restaurante en Oxford

La pasión de los camioneros por la circulación de mercancías de todo tipo y la ubicación estratégica del bar, en plena ruta industrial entre las Islas y el Continente, permitían a Kaké satisfacer la petición de cualquier clase de producto, desde perfumes a tubos de escape, que se caían de los tráileres con un margen de beneficio muy interesante.

Aquella plusvalía fue invertida en la adquisición de un restaurante, The Treasure , junto al Estadium universitario de Oxford. «Mis primeros clientes fueron los del equipo universitario de rugby; los mantuve durante cuatro años a base de apilar patatas fritas en todos los platos; el local se hizo tan popular que detrás de ellos vinieron las niñas».

Considerado la mejor casa de comidas para estudiantes, El Tesoro se estrelló, sin embargo, con el divorcio de sus dueños. Pero el cambio de tercio no estuvo mal. Meses antes, los cuatro profesores de español del instituto politécnico sufrieron un accidente que les impedía ejercer. El director del centro le ofreció a Kaké finalizar el curso en su lugar y, al año siguiente, hacerse cargo de las clases de adultos.

Aquello sucedía en 1970, y como las horas libres abundaban, nuestro hombre se puso a trabajar también en Checkers, un pub del siglo XII propiedad de uno de los descubridores del radar, que para rizar el rizo tenía un pisito en Sanxenxo. «Allí bebían casi todos los catedráticos, incluyendo a ocho premios Nobel». La galería de personajes sería interminable, aunque ante la pegada cinematográfica de su obra, por qué no destacar a J. R. R. Tolkien. El autor de El Señor de los Anillos «era un tipo muy extraño, raro de verdad».