La trayectoria del PP en Vilagarcía no se entendería sin su azarosa presidencia. Su detención es un flaco favor electoral
08 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.La política se comporta a menudo con sus protagonistas como el Gran Hermano lo hace con los suyos. Nadie que tenga algo que esconder bajo la alfombra debe entrar en la casa, a riesgo de que sus trapos sucios sean expuestos a público escrutinio. Sucede que, a diferencia del invento televisivo de la Milá , cuya voracidad suele cebarse con el concursante del momento, el enorme juego de los cargos y las militancias se proyecta también hacia el futuro, esperando sin prisas el instante de dejar caer el machete sobre el sospechoso de frecuentar prácticas censurables. Alineado una vez, alineado para siempre.
Lo primero acaba de demostrarse con Luis Carrera , el flamante cabeza de lista que la renovada candidatura de Alberto Núñez Feijoo había situado en Ourense. Su irregular relación con el fisco le ha costado a él el puesto, y a la gaviota un envenenado trago electoral. Lo segundo cobra cuerpo en la figura de Pablo Crespo Sabarís , que hace tiempo renunció a su carné del Partido Popular, lo cual no impide que la gaviota se atragante por segunda vez al comprobar que ha sido detenido en el curso de una operación anticorrupción dirigida por Baltasar Garzón . Los cargos son, con la sagrada presunción de inocencia por delante, graves, e incluyen delitos que oscilan entre el cohecho, el tráfico de influencias, el blanqueo de capitales, el fraude fiscal y la asociación ilícita.
El amargor del trago viene dado por la proximidad de la cita con las urnas y, sobre todo, por el influyente pasado de Crespo Sabarís, un profesional de la banca nacido en Pontevedra, con firmes raíces familiares en Alianza Popular y un desembarco político prometedor en la capital arousana, en 1996, poco después de haber dirigido durante varios años la sucursal de Caixa Galicia en Vilagarcía.
Mano derecha del entonces todopoderoso Xosé Cuíña , Crespo sustituye a José Luis Rivera Mallo al frente de la agrupación local del PP con apenas 36 años. Corría el mes de noviembre del 96. Él era la pieza fundamental de una operación quizás no tan bien meditada como se quiso hacer ver en un principio. Porque lo que se presumía un paseo relativamente fácil para patronear el partido sin Rivera Mallo pronto se transformó en una carrera de obstáculos bajo una lluvia incesante.
Todos creyeron haber jubilado al viejo político de Cornazo, ex senador, ex alcalde y ya ex presidente, con el sillón de la Autoridad Portuaria. Pero se equivocaron dos veces. Primero, al comprobar que desde el Puerto el antiguo líder conservador seguía siendo la mayor referencia del PP en la ciudad, mimado para colmo de espantos con las atenciones del mismísimo Manuel Fraga. A continuación, al pretender defenestrar a Rivera sin que ni él ni su gente plantasen cara. Estos dos errores de bulto condenaron a la gaviota a una travesía del desierto que dura ya diez años y por la que se han ido dejando siete presidentes diferentes y tres candidatos distintos a la alcaldía.
Todo salió mal. Y eso que Crespo comenzó fuerte. Se cargó, para empezar, el pacto que el PP de Rivera había sellado con el PSOE de Javier Gago para asegurar la gobernabilidad del Concello después de las elecciones municipales de 1995, en las que los socialistas se convirtieron en la formación más votada pese a no disponer de una mayoría numéricamente sólida.
Al nuevo presidente, confirmado en el cargo por el congreso del 97, le gustaba apostar alto y duro. Así, no dudó en cargar su arsenal dialéctico con Pablo Vioque y el juego de apoyos que permitió la llegada del puño y la rosa a la alcaldía en 1991. El subidón fue en aumento con su papel como número 3 del PPdeG (secretario de Organización) y su elección para el Parlamento de Galicia en 1997 (renunciaría al escaño en julio de 1998 para centrarse en su labor dentro del partido). Pero la desastrosa designación de José Antonio García como el candidato que no llegó a las municipales marcó el inicio del declive. Arrastrado por aquel escándalo y por la escisión de Ivil, celebrada con almejas, cordero y helado por un millar de comensales riveristas en el Ciprés, Crespo dimitió de la presidencia local en marzo de 1999 y fue borrado del aparato popular seis meses después, al tiempo que Cuíña caía de la secretaría general.
«Sin condenar a nadie, cosa para la que no estoy facultado, yo, desde luego, tengo claro que si algún sospechoso hay de tener algo que ver con actividades ilícitas, en mí encontrará siempre un muro. Un muro infranqueable y lo quiero decir con esa claridad». Son afirmaciones de Pablo Crespo en su primera entrevista como líder del PP, publicada el 15 de noviembre de 1996. En aquel otoño hablaba de blanqueo. Trece inviernos más tarde, sus contrincantes de entonces, Rivera y Gago, siguen políticamente vivos. Él, en cambio, está preso de sus palabras.