La afición por la pesca deportiva va en aumento pero aún es inusual que se practique en familia. En O Grove, abuelo, hija y nieto llevan años haciéndolo
11 ene 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En la casa de José Antonio Mourelos, en O Grove, se apilan una veintena de cañas de pescar. Solo este dato da una idea del importante papel que la pesca deportiva juega en su vida, y en la de su familia.
Con apenas 20 años se introdujo en este mundo, por causalidad. Estaba de caza con su hermano Manolo por los montes de San Vicente cuando decidieron que no estaría mal imitar a aquellos individuos que veían «alá abaixo», en A Lanzada. Él mismo se hizo su primera caña de pescar con una «cana india», un poco de sedal y un carrete. El primer día los dos hermanos se llevaron a casa tres lubinas que, visto lo visto, les debieron dejar muy buen sabor de boca.
Desde entonces, José Antonio ya no abandonó esta afición y se la ha inculcado a su hija y a su nieto Iván. Y la saga podría aumentar ya que el nieto pequeño, Yago, de 5 años, también quiere apuntarse a este carro, según relata su madre. Antecedentes le sobran. «Iván empezou..., tería seis anos», recuerda su abuelo, y, por supuesto, ninguno olvida la primera captura del pequeño. «Foi unha agulla que, co susto que levou ao vela, tirou ao mar», explica Alicia.
En el campeonato gallego
Siete años después, Iván se ha convertido en todo un experto en la materia hasta el punto de clasificarse para el Campeonato gallego de pesca deportiva en embarcación fondeada. Su abuelo también ha entrado en este selecto club por primera vez y no oculta su entusiasmo. «Gústame competir», reconoce.
En todo caso, su ansia por hacerse con un trofeo no ha adulterado sus primeras sensaciones con la caña. Su relación con la pesca fue un amor a primera vista, y aunque no han faltado momentos de debilidad por aquello de que ningún pez picaba el anzuelo, José Antonio le sigue siendo fiel. «Teño estado toda a tarde na praia e levar un capote», dice en la jerga de los pescadores para referirse a que no logró ninguna captura. Para pescar en la playa hace falta mucha paciencia «e moita moral» esa que, según José Antonio, le falta su nieto. Pero tiene sus compensaciones; «xa podes chegar á praia enfadado, que a pesca reláxate e ponche alegre».
Pero no solo de la playa vive el aficionado. José Antonio, Alicia e Iván también pescan, y con más frecuencia, en embarcación. Madre e hijo, por de pronto, lo prefieren. El veterano de la familia no lo tiene tan claro. A bordo, la caldeirada está asegurada; doradas y lubinas en la zona interior de la ensenada de A Toxa y fanecas y pintos en la parte de afuera de la ría. En A Lanzada, si se da bien el día, o la noche, pueden hacerse con un buen lote de lubinas y sargos y, con suerte, alguna solla y rodaballo. Así es que en casa de la familia Mourelos «comemos moito peixe» y, como no, llevan bien la cuenta de las piezas más meritorias.
José Antonio capturó en una ocasión un congrio de casi tres metros de largo y 30 kilogramos. Alicia presume de haber cogido un pinto generoso e Iván, una dorada de 2,5 kilos. Reconoce el abuelo que el nieto ya empieza a hacerle sombra con la caña «e que ten moita sorte», puntualiza entre risas. A José Antonio, Alicia e Iván aún le quedan muchas ocasiones para medirse, con el permiso de los peces. «Cada vez péscase menos, o motivo non o sei, pero é así», se lamenta el veterano.