Pese a que se hacen cosas por mejorar, Vilagarcía dista de ser una ciudad accesible
01 jun 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Cinco centímetros pueden parecer una altura inapreciable. Pero cuando uno se desplaza en silla de ruedas, esa puede ser la diferencia entre la autonomía o la dependencia. Encontramos a Joaquín Gutiérrez a la puerta de su casa y decidimos acompañarlo a dar un paseo por Vilagarcía. Lleva un año conviviendo con su silla de ruedas, pero en ese tiempo se ha hecho todo un experto en el manejo del aparato, tanto que hace apretar el paso a quienes lo acompañan. Eso, claro está, hasta que se ve obligado a interrumpir su marcha y esperar a que alguien le ayude a sortear algunas de las barreras que aún quedan en muchos lugares de Vilagarcía.
Joaquín, y como él algunos otros minusválidos, reconocen que la ciudad ha mejorado. Pero las cosas de palacio van despacio y, mientras tanto, las barreras continúan existiendo. Otras veces lo que ocurre es que las cosas no se hacen todo lo bien que debieran y, aunque se construyen rampas, estas no cumplen adecuadamente su función.
El Concello ha arreglado recientemente la acera de Joaquín, así que ahora no tiene problema para bajar de su casa, un piso nuevo al que tuvo que trasladarse porque en el anterior no tenía ascensor. Con todo, las cosas se ponen difíciles en cuanto deja su acera y comienza a moverse por Vilagarcía. En algunos lugares no hay rampas. En otros, aunque las hay, están un poco levantadas con respecto al nivel de la calle, lo que las convierte en impracticables para una silla de ruedas. Ocurre demasiadas veces, de ahí que las personas con problemas de movilidad reclaman que, al menos, cuando se hagan las cosas se hagan bien, de modo que las rampas no se conviertan en meros adornos inservibles. En este aspecto, Joaquín Gutiérrez pone como ejemplo la zona recientemente remodelada de Arcebispo Xelmírez y Fariña Ferreño, por donde puede moverse sin dificultad. También le resultan muy cómodos los pasos de peatones elevados que se están instalando en algunos cruces, puesto que evitan los desniveles.
Una localidad llana
Pero eso no es lo habitual, e ir a Carril, por ejemplo, es una odisea cuando se circula en una silla: «Hay unas rampas por donde no se puede pasar», dice. En pleno centro también hay algunos pasos de peatones imposibles. «Hay mucho desnivel y necesitas ayuda para bajar. Además, sufre nuestra columna y la máquina también», se queja. Y eso en un lugar como Vilagarcía, «que es una ciudad llana como la palma de la mano».
Otro punto especialmente conflictivo se sitúa en San Roque, en pleno trayecto hacia el ambulatorio. Al pie del instituto Castro Alobre, y junto a un quiosco que hace esquina, la acera se estrecha de tal manera que sillas de ruedas y carritos infantiles se ven obligados a cruzar de acera o a ocupar la calzada y arriesgarse a ser alcanzado por algún vehículo.
Tampoco faltan en Vilagarcía algunos sinsentidos urbanísticos que afectan a la accesibilidad. En algún caso el paso de peatones y la rampa de la acera han sido habilitados en lugares diferentes, de tal manera que pierden toda utilidad para las personas discapacitadas. En la avenida de A Mariña, por ejemplo, frente a la alameda, las sillas tienen que bajar a la calle por la rampa del aparcamiento subterráneo. El paso de peatones se encuentra a unos metros.
Cuando uno se desplaza en una silla de ruedas tampoco resultan nada cómodas las calles empedradas con adoquines. «Con los adoquines muy mal, tengo que ir muy despacio, porque si no la silla pega botes», explica Joaquín.
Estas dificultades le obligan a salir a la calle siempre con compañía. «Yo me defiendo solo, pero no me quieren dejar. Y eso me da menos libertad», se lamenta este hombre que reconoce que aunque es «bastante decidido» todavía hay muchos sitios por los que no se atreve a pasar.