EL PASADO miércoles cumplí 35 castañas y me ha dado por reflexionar sobre la edad. Mi parte ángel me consuela diciéndome que aún soy un chaval, que me queda mucho por delante, que la esperanza de vida es cada vez mayor o que a la hora den ser joven lo importante es el espíritu y no los años. Mi parte diablo susurra en mis oídos con mayor insistencia y con mucha más mala baba. Me dice que un tipo como yo no tardará en parecer un bicho antediluviano. Nací en 1972, así que a ojos de mi hija o de mis futuros nietos seré un raro ser del siglo pasado. Jamás manejaré como Dios manda los euros y hablaré hasta el fin de mis días de pesetas para fijar el precio de grandes transacciones como fincas, pisos o coches. Sonará igual de arcaico que cuando mi abuelo me hablaba de arrobas de agua o fanegas de tierra. Eso por no hablar de mis recuerdos del colegio. Tengo carpetas llenas de mapas de mi puño y letra en los que aparece la URSS, la Alemania comunista y hasta la España pre autonómica. La edad es mirar a tu alrededor y no reconocer nada de lo que viviste en la infancia.