ENTRE LÍNEAS | O |
12 jun 2007 . Actualizado a las 07:00 h.CONFIESO que siento una admiración absoluta por las personas que viven su vida con fidelidad extrema a sus convicciones y que se convierten en un ejemplo para los demás. Isabel Calvo era mi vecina y una mujer increíble. Ayer la enterraron a los 84 años de edad tras una vida plena y llena de felicidad. En su familia la llamaban Lita, pero para mí siempre fue doña Isabel, como su marido siempre será don Jesús. Fueron un matrimonio de felicidad y bondad ejemplar. Siempre educados y cariñosos. Ese tipo de personas que con su simple día a día, con cada uno de sus gestos, con la simple expresión de sus caras al volver de sus paseos matutinos te demuestran que el mundo puede mejorar si uno escoge vivir por la recta senda de la virtud. Por ese estrecho sendero en el que no caben los malos sentimientos. Su ejemplo nos servirá a muchos que la conocimos, por poco que fuera, para saber que de la vida nos llevaremos lo que dejemos en ella. Doña Isabel dejó bondad y pura amabilidad y sin duda que eso es lo que se ha llevado en su largo y cálido viaje.