ENTRE LÍNEAS | O |
14 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.CUANDO mi madre quiere definir a alguien como una persona enjuta, corta de miras o lenta de razonamiento dice de ella que es «un censo». Nunca me lo había planteado, pero ayer me dio por mirar el significado de esta palabra en el diccionario de la Real Academia y en su última acepción dice literalmente: «Ser alguien o algo un censo, que ocasiona gastos repetidos o continuos». Vamos, que es una carga, como dice mi madre, que una vez más me demuestra que tiene un envidiable dominio del lenguaje. El caso es que, así rizando el rizo y visto lo visto, creo que nuestro censo electoral es un censo. Una carga. Y lo digo porque a pesar de que tenga difícil arreglo por aquello de que toda persona con nacionalidad española tiene derecho a voto en el Estado, no deja de ser alucinante que personas que llevan treinta, cuarenta o cincuenta años residiendo en Buenos Aires, Montevideo, Caracas o Ginebra puedan elegir los alcaldes y concejales de ciudades y concellos que en muchos casos ni tan siquiera han pisado en toda su vida. Algo falla.