ENTRE LÍNEAS | O |
13 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.CUANDO tenía dieciséis años, hice mi viaje de fin de curso a Italia. Para un loco de la arqueología y de las piedras como yo, les aseguro que aquellos días quedaron grabados a sangre y fuego en mis recuerdos. El Coliseo, Pisa, el Foro, Siena, El Vaticano, la divina Florencia. Guardo un recuerdo imborrable de todo aquello. De aquello y de los capuchinos. Nunca en toda mi vida he vuelto a tomar cafés como aquellos. Por mucho que los bares y cafeterías del resto del mundo se empeñen en poner en sus cartas esta deliciosa bebida lo cierto es que no tienen ni idea de cómo se hace y que el resultado ha sido siempre una desilusión. Ahora me entero de que los italianos van a hacer algo así como un consejo regulador del capuchino para evitar que bajo ese evocador y delicioso nombre se escondan cafetitos a los que simplemente les han echado algo de espumilla de leche. Hasta han estipulado el tipo de leche, la temperatura, la cantidad de café y la taza en la que se debe servir. Me parece una magnífica idea porque no hay nada tan malo como un sucedáneo.