AREOSO | O |
01 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.MUCHO me temo que la fórmula «libertad de expresión» no es más que la suma de dos palabras bonitas. En algún momento debieron significar algo, pero hace tiempo que han perdido todo su contenido y se han convertido en una figura retórica que todo el mundo utiliza y sobre la que nadie reflexiona. Más o menos lo mismo le ha pasado a la «libertad de información», otro concepto del que se ha abusado tanto que anda ahora hecho unos zorros. Adoro las palabras. Desde pequeña. Quizás por eso me ha costado tanto trabajo admitir que las palabras no son más que eso: palabras. Conjuntos de letras más o menos afortunados, más o menos sonoros, que evocan conceptos agradables, desagradables o neutros. Pero las palabras, como casi todo lo humano, son elementos maleables, manipulables. Y los términos libertad de expresión/información no son más que sombras de lo que en su día fueron. Hay mucha gente que se llena la boca reclamando esas dos libertades y que, cuando llega la hora de la verdad, aplica la censura sin rubor. También hay mucha otra gente que presume de ejercer esas dos libertades y que, cuando se presenta el momento, calla y otorga. Vamos, que lo de la libertad depende no del color con el que se mire, sino el lugar desde el que se habla. Es cierto que los políticos suelen ser quienes en más ocasiones cambian de postura, o de chaqueta. Muchos integrantes del actual bipartito tratan de aplicar la censura sin rubor. Unos ejecutan la presión más impúdica. Otros dulcifican las formas pero mantienen el fondo agrio y maloliente. Pero el mal no es solo cosa del bipartito. En todos lados cuecen habas. El mal está en todo el espectro político, entre los escritores más liberales, en los círculos intelectuales, en las redacciones de los medios de comunicación y hasta en la calle. La crítica, o la autocrítica, parece que sólo gusta en carnaval.