ENTRE LÍNEAS | O |
23 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.SÓLO cuando las frías cifras estadísticas se traducen a nombres, apellidos, edad y circunstancias percibimos en su crudeza la tragedia de la carretera. No golpea nuestra conciencia de la misma manera oír que en un fin de semana han muerto 17 personas en accidentes de tráfico que saber que Sara, de seis añitos y su madre Teresa, ambas de O Grove, nuestras vecinas, se han dejado la vida en el asfalto y que el hermano de Sara, Rubén, de ocho años, y su abuela están muy graves. Nada más conocer la noticia confieso que un escalofrío me recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Imagino el dolor, la rabia y la impotencia de sus familiares. Y digo imagino, porque es imposible sentir ni una décima parte del horror que supone para sus allegados perder a una hija, a una hermana, a una sobrina, a una niña tan pequeña. Los accidentes de tráfico son el peor cáncer de nuestra sociedad. No podemos seguir mirando hacia otra parte. Hay responsables. Hay carreteras que son asesinas. Hay conductores que son asesinos. Y eso no son accidentes, porque se pueden evitar.