Lo que no es justo

AROUSA

AREOSO | O |

10 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

ESTÁ CLARO que ni siquiera con un asesino de la talla de Sadam Hussein se justifica la pena de muerte o la denigrante distribución de las imágenes de su agonía. El ojo por ojo y diente por diente nunca fue el mejor paradigma de la justicia, y ahí está -o debería estar- el Estado de Derecho para evitar que quienes tienen la sartén por el mango puedan excederse en el castigo de los que no se ha demostrado que son culpables, o incluso de los que lo son sin ningún género de duda. La justicia también deja de serlo si las penas no van parejas con el delito. Pero al común de los mortales también les frustra ver, día tras día, como el maltratador que amenazó de muerte a su ex está de nuevo en la calle intentando cumplir su promesa tras pasar dos cortos meses en prisión, o que quien destrozó tu coche, y el de tu vecino y el de 35 arousanos más queda libre con cargos para que el próximo fin de semana pueda hacer lo mismo con el de tu compañero de trabajo. O que los narcotraficantes de toda la vida sigan tan panchos con sus negocios después de cumplir una pena que se queda en la cuarta parte por buena conducta y todas esas cosas. Es difícil que la justicia sea ejemplarizante con nuestros hijos cuando la familia de tu vecino, que se dedica a ello, no tiene otra pena que la de ver que, de vez en cuando, el generoso padre desaparece unos días porque se va de vacaciones a Alcalá Meco. A cambio, sus pequeños van a los mejores colegios privados, sus hijos adolescentes se pasean en coches de lujo al lado de rubias explosivas y sus mujeres montan los mejores negocios de la comarca. Las penas, digo, tienen que ser acordes con el delito, y precisamente por eso a veces deberían ser lo bastante disuasorias como para que, al que delinque, no le queden ganas de repetir tras ser pillado con las manos en la masa.