AREOSO | O |

20 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

ME CUESTA reconocerlo, porque el personaje me caía muy cargante, pero en honor de la verdad habrá que admitir que nuestro Nobel gallego, Camilo José Cela, a la hora de ponerse delante de un papel supo hacer algunas cosas brillantes. Y no sólo por haber escrito La colmena o La familia de Pascual Duarte , sino también por haber sabido elevar el insulto a categoría literaria. Ya fuese en sus escritos o en sus verborreas tertulianas, Cela tenía un caudal de palabras soeces y malsonantes que sabía colocar en el momento adecuado para adjetivar al personaje oportuno. Y eso también es literatura. Al insulto le pasa que no tiene término medio. Hay quien lo emplea porque no tiene otro tipo de recursos lingüísticos y hay quien lo hace con tal precisión que no cabe mejor vocablo para esa ocasión. Cela era de los segundos; nuestros políticos, de los primeros. Ocurrió hace unos días en el Parlamento de Galicia, donde se montó una polémica entre un diputado del BNG y otro del PP con Villarino de por medio. Al parecer, según pude leer así por encima, porque en general esta gente me aburre, el nacionalista no se cansa de espetar la palabra «nazi» siempre que se encuentra con alguno del Partido Popular, y entonces uno de la parte contraria le llamó «etarra» al del Bloque. Una pensaba que a nuestros representantes públicos los elegíamos para otra cosa, pero en vista de que no, por lo menos habría que exigirles que, ya que están ahí cobrando un sueldo, se molesten en consultar el diccionario de la Real Academia Galega, o el de la española, o uno de sinónimos en su defecto, para no caer siempre en los mismos y monótonos vocablos. Que lo de «nazi» y «etarra» está muy visto, y la historia dio episodios crueles de sobra en los que inspirarse. Pero mejor es que lean a Cela, porque así colocarán el epíteto en el lugar adecuado, que no hay nada más pobre que el insulto gratuito.