AREOSO | O |
17 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.EL CARIÑO de unos padres por sus hijos es infinito. Nueve meses de eterna espera acompañan noches de duermevela. Más tarde, los tiernos abrazos se confunden con los golpes de los primeros pasos. No hace mucho, ya decía Serrat «esos locos bajitos que se incorporan, con los ojos bien abiertos de par en par, sin respeto a las costumbres y a los que, por su bien, hay que domesticar». Bien es cierto que ser padre es una profesión que se aprende con la práctica. A día de hoy, no existe un manual de instrucciones, ni válido ni universal, que guíe a los progenitores por el difícil mundo de la educación. A veces los hijos olvidan que los padres han tenido que luchar mucho para regalarles las comodidades de las que disfrutan. En la actualidad, puede que se haya pasado de la falta de atención, al exceso de protección. Esa escolta que hace que muchos de sus berrinches no se arreglen con decisión, sino con lágrimas de cocodrilo. Si echamos la vista a atrás, algo está ocurriendo. No se trata de volver al pasado. A un tiempo añejo de penurias y sacrificios, ya olvidados. Se trata de inculcar valores como el respeto, la amistad o la sinceridad. Todo ello sin caer en el consentimiento gratuito. Los niños a penas salen a la calle. Atrás quedan tardes enteras en las que los pequeños se quedaban sentados delante del parchís, las cartas o la oca. Ahora, las nuevas tecnologías invaden sus habitaciones, esos espacios recónditos e inaccesibles, con la televisión digital, Internet y la playstation . No entienden que para conseguir esos objetos sus padres han tenido que trabajar duro. Ellos no tuvieron nada, sus hijos lo tienen todo. Aunque, como decía el cantautor catalán «nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj, que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día, digan adiós». Pero antes habrá que enseñarles y no malcriarles.