El alzhéimer de la familia

Susana Luaña Louzao
Susana Luaña VILAGARCÍA

AROUSA

El Concello de Vilagarcía reconoce que el caso de María Manuela Riveiro es grave y que debería estar ingresada en una residencia, pero de momento, no tiene plaza

01 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

María Manuela Riveiro, una octogenaria vilagarciana, tiene alzhéimer, pero su familia parece haber perdido también la memoria, porque a pesar de tratarse de un caso de extrema necesidad y de necesitar atención las veinticuatro horas del día, no tiene a nadie que mire por ella. La anciana, que tiró de su familia durante toda la vida, se las apañaba más o menos bien hasta que hace unos meses la enfermedad provocó que se olvidara hasta de sí misma y que, salvo algunos momentos de lucidez, descuidara la higiene personal y el decoro. Ni siquiera butano puede tener en su casa, porque sería un peligro para alguien que necesita ayuda hasta para vestirse. Unos parientes descubrieron la situación hace unos meses y desde entonces se encargaron de sus cuidados, hasta que no pudieron más y denunciaron la situación en el Concello, conscientes de que María Manuela tendría que estar ingresada para poder ser atendida en condiciones. Y aunque la administración local reconoció la gravedad de la situación, de momento no encontró una plaza disponible para la anciana. «Sí es un caso de extrema necesidad, es una mujer en estado de abandono. Pero pese a que no se ocupan de ella, tiene familia, y a la hora de puntuar para conseguir una plaza asistencial eso cuenta, porque en Vilagarcía, aunque es muy triste reconocerlo, se dan casos iguales o peores de personas que no tienen parientes. En todo caso se le dará una plaza en cuento se consiga, nosotros estamos detrás del asunto». De momento la situación se va solventando con una ayuda a domicilio que el Concello le otorgó con carácter urgente. A lo largo de la semana pasada ya se encargó una trabajadora de visitarla dos horas al día, por la mañana para el aseo personal y por la tarde para darle la cena y la medicación, porque necesita tomar unas ocho medicinas al día. Como además ni recordará cómo se cocina ni tiene gas para hacerlo, recibe todos los días en casa el menú que prepara Cáritas y que distribuye a domicilio entre los más necesitados, un nuevo servicio asistencial que la entidad puso en marcha hace unos meses. «Pero los fines de semana ni tiene la ayuda ni quien le lleve comida ni quien la atienda», decía preocupada una vecina. De hecho, la anciana comía ayer en soledad el menú que se le había entregado. Era el último servicio hasta el lunes, y todavía faltaban más de cuarenta horas para entonces.