AREOSO | O |

18 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

MI abuela rozaba los veinte años cuando empezó la Guerra Civil. Era una mujer hecha y derecha, con dos hijos pequeños a sus espaldas y un marido cantero y sindicado. Mi abuelo era un poco mayor -muy poco mayor-. Cuando empezaron los paseos se echó al monte, pero acabó en el frente, en el lado que no quería. Mi abuelo tuvo suerte. Sabía leer y escribir y se pasó la guerra en oficinas. La fortuna fue menos amable con mi abuela. Ella se pasaba las noches en blanco, saltando de la cama con cualquier ruido extraño. A veces, la Guardia Civil aporreaba su puerta y registraba su domicilio. En la iglesia la miraban mal. Y había quien la amenazaba con una rapa y un escarnio público en toda regla. Y luego estaba el hambre, y los lloros de los niños. Mi abuela tardó muchos años en contarme esas historias de frío y miedo. Sólo empezó a hablar de ellas cuando ya veía cerca su hora. Atada a su silla, desgranaba sus recuerdos con los ojos aún húmedos y la voz siempre baja. Acababa su charla con dos reflexiones. Una, sobre la suerte de haber sobrevivido. Otra, sobre la conveniencia de hablar en voz baja de determinadas cosas, entre ellas la política. Por si vuelve la guerra... Mi abuela se murió de vieja, cuatro años después de mi abuelo. A los dos los recuerdo siempre juntos, como un matrimonio heroico capaz de superar situaciones de las que yo no sé si podría salir. Es mi homenaje íntimo a su memoria. Pero mi familia se puede contar entre las afortunadas. Hay otras familias que corrieron peor suerte. Como los Allo, de Meloxo. Manuela y Amparo, dos ancianas con la misma mirada que mi abuela, vieron como sus hermanos desaparecían en medio de la barbarie. En su caso, como en muchos otros, el homenaje privado no es suficiente. Merecen un reconocimiento público. Será el domingo. En la Plaza de Arriba. O Grove.