Inventores

| SERXIO GONZÁLEZ |

AROUSA

HACE algunos años, cuando las latas de refrescos empezaron a sustituir a los botellines de toda la vida, la apertura de una de ellas podía resultar más indigesta que tragarse entero un pleno de Vilagarcía. Recordarán aquellos primeros arillos, de los que había que tirar con relativa fuerza para que, poco a poco, se fuese separando una lámina con forma de lágrima. Una vez arrancada de cuajo, por aquel agujero manaba el burbujeante néctar. Así contado parece fácil. Pero en el proceso podía pasar de todo. Desde que la apertura sólo llegase hasta la mitad, y hubiese que meter el morro de cualquier manera por el espacio libre, hasta cortarse un dedo en el intento. O, lo que es peor, quedarse con la anilla en la mano, y la lata, soltera y entera. El tipo que inventó las nuevas, ésas que se doblan y punto, se habrá forrado. Cosas de Imaginaria, tal vez.