El albariño, en la encrucijada

JOSÉ BOADO VÁZQUEZ

AROUSA

TRIBUNA PÚBLICA | O |

06 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

¿RECUERDAN ustedes todavía aquel albariño del Val do Salnés, con su indiscutible capital en Cambados? ¿Aquel vino con mayúsculas que reunía todos los requisitos históricos y culturales? Me refiere aquí a aquel príncipe de los vinos blancos del Occidente cristiano, cantado por Ramón Cabanillas, por Cunqueiro, por Castroviejo... y por aquel don Juan Gil Armada, Marqués de Figueroa, que bien se merece la mención personal, ya que en 1918 fundaba su bodega en Fefiñáns y en 1925 conseguía la medalla de oro en Barcelona. También es obligado mencionar aquí aquella Festa do Albariño, nacida de una noble competición entre un puñado de cosecheros. Pues bien, aquella Festa do Viño de Cambados -hoy la segunda más antigua de España- probablemente la hayamos convertido en una especie de esperpento. Y nos preguntamos ahora ¿acaso aquel albariño, hijo legítimo de O Salnés por designio de la naturaleza no habrá emprendido como Eneas su viaje hacia las sombras? Ocurriría ello a principios de los años ochenta, bajo los dictados de un consello regido ya entonces y, también hoy, por la misma presidenta. El vino albariño, se nos decía, tenía que dar un salto a la modernidad, tratándose en realidad de prepararse para acceder a los dineros europeos que, abundantes y generosos, iban a fluir para modernizar el sector. El objetivo valía la pena, sin duda, si todo ello se hubiese llevado a cabo en democracia, con luz y taquígrafos, es decir, contando con el sector. Lo malo es que se ha hecho de espaldas al mismo, invitando al banquete posiblemente a muchos arribistas. En un corto espacio de tiempo se aprobaron tres reglamentos distintos, se ampliaron cinco veces los límites de la denominación, se autorizaron seis tipos de vinos blancos y se despojó a Cambados de su obligada sede del consello. Y lo malo es que, ante tanta desolación, sigan pretendiendo ahora los políticos que las bodegas compremos toda la uva, pagándola razonablemente bien y con puntualidad. A la vista de tanta candidez sólo se me ocurre pedir con Cervantes «otro valeroso don Quijote».