Costureras entre las mareas

r.e. | vilagarcía

AROUSA

Las rederas El colectivo avanza a trompicones hacia la profesionalización Aunque hay «atadoras» en muchos puertos de Arousa sur, la mayoría están en Cambados

18 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

. Ese era el nombre clave de un proyecto de formación que la Xunta puso en marcha en el año 1998. De ese plan debería surgir, entre otras cosas, una nueva generación de rederas. Pero a coser los aparejos, «só se aprende aquí, entre redes, cosendo. E leva o seu tempo». Habla Mary, atadora de toda la vida. Trabaja sentada en una mullida alfombra de redes, en la nave del puerto de Tragove. El edificio lo inauguraron también en 1998. El presidente de la Xunta, Manuel Fraga, acudió en persona a cortar la cinta de unas instalaciones que iban a «mellorar a calidade de traballo da xente do mar», según decía por aquel entonces su delfín, Cuiña Crespo. Las rederas ganaron entonces un puñado de comodidades. Con su «oficina» a pie del mar, el local fue destinado casi en exclusiva a las atadoras . Es decir, a las mujeres que se encargan de reparar aparejos, especialmente los del cerco: redes enormes y caras que, cuando se rompen, necesitan manos hábiles que las recompongan. «Aquí en Cambados nunca se dixo eso de redeiras», explica una de las mujeres mientras ata dos cabos y cuenta los plomos. En la nave de Tragove trabajan en la actualidad una quincena de mujeres. La convivencia entre ellas no es fácil: se han agrupado en dos asociaciones -Maruxía y A Torre- que se han convertido en competencia directa. Ambos colectivos deben repartirse el pastel del cerco, y ese es un pastel que cada vez es más pequeño. La otra cara Para encontrar en Cambados a mujeres que se autodefinan como redeiras hay que viajar hasta Os Caeiros. Allí, en un amplio local, un grupo de féminas se afana con aparejos de todo tipo. Miños, butrones y rastros de vieira. Algunos están en pleno proceso de parcheo. Otros están siendo creados: se venderán en la tienda de artefactos navales a través de la que se canaliza el trabajo de estas profesionales del mar. Allí las mujeres sí se llaman a si mismas rederas. «Se nós facemos redes e arranxamos redes, seremos redeiras, ¿non?», preguntaba una de ellas. En un ambiente más sosegado y más alejado de tópicos, comienzan a desgranar los problemas que tiene su profesión. «Houbo moita axuda por parte da Administración, pero aínda tería que ter habido máis», dice una de ellas, mientras convierte una malla en un butrón. «Somos autónomas, pero temos unhas retencións altísimas. A un mariñeiro retéñenlle un dous por cento, e a nós un vinte». Pero los impuestos serían un problema menor si no fuese porque el trabajo de redeira sigue sin estar demasiado regulado. Primero, porque en muchas casas marineras los apaños en el aparejo siguen siendo una cosa doméstica. Segundo, «porque hai xente sen seguro que nos fai moito dano. Fan o traballo, como se fosen cosendo polas casas, e a uns prezos moito máis baixos que os nosos». De esa forma consiguen redondear el sueldo o ganarse unos euros extras para completar la pensión. «Estamos en inferioridade de condicións. Elas rebaixan os prezos porque non pagan os seguros e andan ilegais». El trabajo ¿Tienen mucho trabajo estas costureras del mar? Depende. Las atadoras que trabajan en el puerto viven rachas de mucha actividad y otras de paro total: no se mueve ni un billete, ni una aguja. Dependen de la flota cerquera y de sus calendarios. De abril a junio apenas tienen trabajo. Y en agosto, de repente, «igual tes para dez horas diarias». Las otras redeiras, sin embargo, tienen su actividad mucho más repartida a lo largo de los 365 días del año. «Nós facemos artes varias, todas de baixura». Así que van al ritmo de la flota, centrando cada temporada en las artes con las que trabajan los marineros. «Hai algúns aparellos que xa nin se reparan. Os miños, ou os butróns. Cando se estropean límpanse as trallas ou os aros, e o resto tírase e faise un novo». ¿Cuánto tiempo se invierte en confeccionar esas auténticas piezas de artesanía? La confección de un butrón puede consumir alrededor de cuatro horas. Un miño, tal vez un poco menos. Depende de la agilidad de las manos que manejan la aguja creadora. Unas manos que, vaticinan algunas redeiras, están en peligro de extinción.