Reportaje histórico | La tragedia de 1803, de actualidad La reciente explosión de la pirotecnia de Calo reaviva el recuerdo de un suceso similar ocurrido hace dos siglos en Santiago, aunque entonces hubo 11 muertos
18 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.La mañana del domingo 16 de octubre de 1803 transcurría suavemente en Compostela hasta que un inmenso estruendo sacudió los oídos y los edificios de toda la ciudad. El estanquillo de la pólvora, que Juan Domínguez tenía situado en la plazuela de la Fuente Seca, había volado por los aires en una formidable explosión. El balance del suceso fue de once personas muertas, varios heridos, tres casas totalmente reducidas a cascotes y una treintena más afectadas, entre ellas la biblioteca y aulas de la Real Universidad. Las labores de rescate y desescombro comenzaron a los pocos minutos, organizadas por el alcalde Andrés Vicente Parga, ayudado por tropas de granaderos. Enseguida fueron llamados canteros, peones y carreteros para trabajar más eficazmente. Y comenzaron a aparecer los cuerpos de las víctimas. Los cuatro primeros en la misma casa en la que se situaba el estanco: Tomasa de Sande, la propietaria del inmueble; María de Sande, su sobrina; Antonio Domínguez, de doce años, hijo del estanquillero; y Andrés González, su criado. Todos ellos fueron trasladados de inmediato y enterrados en la iglesia de San Fiz, «en la quinta hilera comenzando desde la puerta principal». Un superviviente Horas después fueron encontrados los cuerpos de dos huéspedes que tenían cuartos alquilados a Tomasa: Marcos García, estudiante de 15 años natural de Burgos, y María González, mujer soltera de la villa de Viveiro. Cuando ya no se esperaba que aparecieran supervivientes, un hombre aprisionado entre las ruinas logró sacar la cabeza entre los escombros para pedir ayuda. Recibió la extremaunción pero al final lograron liberarlo, y con varias extremidades rotas y totalmente magullado, Francisco Rodríguez fue llevado al Hospital Real. Fue tanto el volumen de material que hubo que remover que, dos días después del suceso, siguieron apareciendo cadáveres: Benita Penela y Baltasara Sanchez, que habitaban casas contiguas al estanco, y María García, criada de las señoras de Otero, del Sar, que había sido enviada a buscar vino y tuvo la desgracia de ser sorprendida por la explosión. Finalmente, otros dos cuerpos masculinos no pudieron ser reconocidos. Por las ropas que vestían pudo suponerse que eran labradores que estaban de paso en la ciudad, pero sus rostros estaban irreconocibles y sus cuerpos «reducidos a una total monstruosidad». Aún así se expusieron al público, por si alguien podía dar razón de su identidad. La investigación Puede imaginarse el impacto del suceso en la sociedad compostelana de la época. De inmediato se inició una investigación oficial que llevó a la cárcel a Juan Domínguez. El estanquillero había quedado «como loco» y las horas posteriores al desastre se paseaba con las manos en la cabeza. No sólo había perdido todo lo que tenía, sino que su único hijo, Antonio, había muerto. En aquella mañana de domingo había salido del estanco y había dejado al niño con su madre y un criado. Pero la madre había decidido ir a misa a la catedral, y así fue como los dos jóvenes quedaron solos en el estanco. La causa de la explosión no estaba clara, pero comenzó a dudarse de que la casa de Tomasa reuniera las condiciones para funcionar como estanco, y se acusó de imprudencia y de negligencia a Juan Domínguez, así como de almacenar más pólvora de la declarada, ya que se dudaba de que las 330 libras que constaban en los libros pudieran causar semejante desastre. Algunos decían que habían visto gente de paso fumando en la calle, pero apoyados contra la ventana del estanco. Otros, que el hijo de Juan Domínguez acostumbraba a jugar con pólvora haciendo «inferniños» en la plaza y que en ocasiones se le había visto con un eslabón para encender mechas. Nada se pudo demostrar con certeza ante las contradicciones de los testigos. Terrible desastre, en todo caso, el del estanco de la pólvora. Como dice Pérez Constanti, que lo recoge y lo cuenta en sus Notas viejas galicianas, en las que nos basamos, «digno de figurar y ser recordado en las efemérides compostelanas».