CON GOTAS | O |

09 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA VIOLENTA reacción del mundo islámico ante las caricaturas de Mahoma publicadas por un diario danés causa estupor e indignación por estos pagos. Lógico. Pese a los esfuerzos de determinado generalote ferrolano por atar a sangre y fuego a todos los españoles a la comunión, la confesión y la misa diaria, quisieran o no ser salvados, hace tiempo que la piel de toro ha emprendido el camino que ha convertido a Occidente en el faro de las libertades civiles que, mal que bien, es hoy en día: la progresiva desaparición de la religión de los ámbitos sociales de decisión. Cuando el sentimiento religioso abandona las tripas y el manto ciego de la mera superstición para aliarse a la razón y convertirse en un instrumento de comprensión del mundo, lo propio es que su campo de acción competa a la intimidad del individuo, que libremente decidirá si traslada o no las directrices de su fe a su vida pública. En una sociedad mínimamente evolucionada, el pastor, el imán o el chamán de turno le hablan a la conciencia de cada ciudadano, y su capacidad de intervención directa en la arena política es sencillamente nula. Estos señores que últimamente se empeñan en imponer sus convicciones al vecino harían bien en reflexionar sobre este tipo de fenómenos. El lugar de la religión no está en las aulas, sino en las parroquias, que para eso existen, y en el propio hogar. Recuerden el catecismo, y aquellas cantinelas incomprensibles que trataron de introducir en nuestras cabezas infantiles sin éxito durante tantos años. Ningún plan de estudios va a conseguir que la Iglesia se acerque a la realidad del pueblo que en teoría la constituye si sus lejanísimos doctores se empeñan en seguir en la torre de marfil, abrazando unas siglas políticas muy concretas, para complicar más el problema. Son los mismos que alientan el integrismo católico a golpe de manifestación. Luego no se quejen, figuras.