MAR DE FONDO | O |
25 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.AUNQUE algunos pensemos que el CD y el MP3 son de toda la vida, lo cierto es que hasta hace no mucho la música se escuchaba a través de casetes o vinilos. Por supuesto que la calidad nada tenía que ver con la actual, pero estoy segura de que muchos todavía conservan aquellos preciados elepés como oro en paño y que, otros tantos, no han podido resistir la tentación de comprar un tocadiscos para escuchar, de vez en cuando, aquellos grandes trabajos discográficos. Viene esto a cuento porque últimamente la Sociedad General de Autores está que no para con esto de intentar cobrar por todo lo que de ella sale. Y en aquella época del vinilo y el casete una se acuerda de que esto del pirateo era mucho más sencillo. No hacía falta un ordenador, ni conexión a Internet ni, por supuesto, entender de informática. Para ser un pirata sólo hacía falta disponer de doble pletina, a la que todo el mundo tenía acceso, y de una cinta virgen. Con darle al rec, ese botón del puntito rojo, se podía hacer una copia en minutos y nadie ponía el grito en el cielo ni amenazaba con llevarte a la cárcel. Pero las cosas cambiaron cuando llegaron los discos compactos. Con ellos se acabó, de forma momentánea, el negocio de las copias y las compañías discográficas vivieron sus mejores épocas. Ahora, las cosas han vuelto a cambiar y es cierto que el negocio de la piratería está causando serios daños a esta industria. Pero no creo que ese sea motivo como para intentar cobrarnos por todo lo que se mueve. El último trabajo de cualquier cantante de moda ronda los veinte euros. Un disco virgen no supera el medio euro y la conexión a Internet suele correr a cargo de papá y mamá. Ahora respondan sinceramente ¿cuántos de ustedes de tener ahora quince años optarían por acercarse a una tienda? Ellos tienen derechos de autor, nosotros de consumidor.