Celíacos

AROUSA

AREOSO | O |

13 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

CONOZCO a un muchacho invidente que es un gran campeón de ajedrez. Compite, por supuesto, con niños que ven el tablero que él está obligado a componer en su cerebro. En el ajedrez, el movimiento de una sola ficha implica un cambio de estrategia que afecta a todas las piezas. Así que ya pueden suponer cómo se nos queda la cara a los padres de los otros chicos cuando los derrota. Uno no puede ni imaginarse las dificultades que este muchacho de cabeza brillante se encontrará a diario cuando abandona el tablero y tiene que hacer algo tan sencillo como desplazarse de un lugar a otro. No nos lo imaginamos porque no solemos pensar en ello. Tengo algunos compañeros en sillas de ruedas. Tienen tal capacidad de superación que uno llega a olvidar sus limitaciones. Pero están ahí, cuando quieren entrar en un edificio y se encuentran una escalera, cuando no hay ascensor para acceder a un juzgado o para echar la partida en el Liceo. Lo que pasa es que no pensamos en ello. Y no por falta de sensibilidad, sino porque lo que para ellos son odiseas, para nosotros son simples rutinas. Viene esto a cuento porque la semana pasada escribí un artículo sobre los caramelos sin gluten que ha molestado, con toda la razón, a los padres de los niños celíacos, una enfermedad crónica gastrointestinal incompatible con el gluten de algunos alimentos. Por supuesto en mi comentario no hacía referencia yo a las personas con este tipo de dolencia, sino sólo a los amantes de las dietas, de lo bajo en calorías y de lo descafeinado. Pero aunque no haya en el artículo falta de humanidad, como indicó algún padre en las cartas que me remitieron, sí hay un error imperdonable: el de haberlo escrito sin pensar en los enfermos, en los celíacos y en los diabéticos, en este caso. Por eso les pido disculpas y les brindo mi apoyo en lo que necesiten. Y defenderé los caramelos sin gluten.