CON GOTAS | O |
12 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.UNO, que pese a todo es inocente, trató ayer de llevar el reproductor de DVD estragado al taller. El técnico ni siquiera levantó la tapa. Con mirada experta y perezosa, condenó al aparato: «Mire, las empresas ya no envían repuestos. Total, al precio que están estos cacharros, cuesta más arreglarlos que comprar uno nuevo». La distinción que Marx estableció entre el valor de uso, la utilidad de un objeto, y el valor de cambio, su precio en el mercado, está a punto de perder su sentido, al reducirse el primero de los parámetros hasta extremos ridículos. Mi Ford Fiesta de catorce años se pagaría a precio de chatarra, pero me presta un servicio inestimable por el que tendría que desembolsar una pasta si se me ocurriese sustituirlo por un coche nuevo. Por eso me esfuerzo en conservarlo. Por eso, y porque la relación con el mundo material, con sus cosas, sus espacios y sus rincones, acaba determinando una forma de ser y de apreciar lo que nos rodea. Me resisto a cargarme el forito porque, de alguna manera, lo quiero, está ligado a mi biografía y aún tira millas. El DVD también podría seguir funcionando si fuese reparado, pero su valor de uso no puede competir con su valor de cambio. Ya que andan tan preocupados con los botellones, déjense de cámaras -si en Vilanova las van a gestionar como lo hacen con su urbanismo, Dios nos coja confesados- y deténganse a reflexionar acerca de éste y otros fenómenos que moldean lo social. Alguien amamantado en la idea de que nada merece la pena ser cuidado, por la simple razón de que puede ser sustituido, y de que la única utilidad reside en el dinero, acabará convencido de que la valía de un hombre se mide por el grosor de su cartera. Y, por qué no, arreándole un botellazo a lo primero que encuentre en cuanto esté mamado. Este escenario nos lo hemos currado entre todos. Ahora no vale escaquearse jugando a cineastas.