AREOSO | O |
05 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.CON LA Navidad nos hemos topado. Bueno, más bien nos hacemos los encontradizos para encontrarla antes cada año. A una le enseñaron aquello de que las fiestas empezaban cuando nacía el niño Dios, la noche del 24. O si quieren, la mañana del 22 con la Lotería o, como pronto, cuando arrancaban las vacaciones del colegio. En todo caso, nunca antes del 20 de diciembre. Ahora, el calendario litúrgico nos lo pasamos por el forro y adelantamos la parafernalia al 1 de diciembre, cuando no un mes antes. Cómo si hubiera algo que festejar el 26 de noviembre aparte de San Conrado. No hay razón, ni falta que hace. Sólo se necesita un pretexto para ir de compras, y la marca Navidad ha demostrado tener más tirón que la Coca-cola. Siempre le podemos echar la culpa a la grandes superficies -cuidado, que el pequeño comercio también está en la guerra- que se las ingenian para teledirigirnos hacia un consumismo galopante y esprimir nuestra tarjeta de crédito a modo de conspiración judeomasónica. Pero no. Aquí va a la caja registradora quien quiere y cuando quiere, que somos mayorcitos. Lo que ocurre es que, a quien más quién menos, le pirra cruzar el umbral de los escaparates y si por encima la invitación llega desde la tele, ¿quiénes somos nosotros para discutirlo? Toca ir de compras, como toca enviar mensajitos con maravillosos deseos de felicidad, como ponerse de tiros largos y emborracharse el día de fin de año. Dicen que somos animales de costumbres. Yo diría que somos como borregos -con perdón para los borregos- a los que nos encanta ir a donde va Vicente, ya saben, al que sigue la gente. Aunque, bien mirado, ¿dónde está el problema? Que el personal es feliz comprando en adviento, pues que compre. ¡Ya son ganas de aguar la fiesta!