Precio y peso

MARÍA REY

AROUSA

AREOSO | O |

04 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

UNOS zapatos, 74 euros. Dice una compañera que no están mal de precio. Otra asegura que me han timado. A mí, la verdad, me remuerde la conciencia por haberme rascado el bolsillo por un capricho, pero en fin... Ya tengo mis zapatos de gamuza azul. La matrícula en una asignatura de la UNED, 94 euros. Una asignatura que me tendré que meter entre pecho y espalda yo con mi ayuda, porque esos cien euros menos seis me dan derecho, básicamente, a hacer un examen. Los libros, por supuesto, suman aparte. Las conexiones a internet para poder acceder al campus virtual podrían salirme gratis. Pero tendría que trasladarme a Pontevedra, y tal y como va el gasóleo casi me quedo en casa con la tarifa plana. El bolsillo me duele, de nuevo, pero pienso en los zapatos y tengo que callarme y tragarme una aspirina, pero me cae mal en el estómago. No hay mejor inversión que la que se hace en cultura. Vale. Pero no todo el mundo está en la misma disposición de invertir, ¿vale? Siempre quedan las becas, dice algún iluso que conozco. Ja, ja, ja. Para que te toque una tienes que ser pobre de solemnidad (o un auténtico cara dura, que también los hay). Ser diputado en el Congreso, 2.800 euros (al mes). Vaya, vaya, vaya. A estas alturas he vomitado la aspirina y el bolsillo me duele. Me duele muchísimo. Me duele tanto que creo que voy a morir de dolor. ¿Y saben por qué? Porque en el debate de los presupuestos generales del Estado el hemiciclo se quedó vacío de señorías. El asunto a tratar debía de ser poco interesante. O quizás estaban cansados de viajar hasta la capital (y eso que les pagan 1.600 euros más por la molestia). Ahora debería escribir unas líneas felices sobre algo feliz que no tenga precio. Pero lo cierto es que a estas alturas no se me ocurre nada. Ni la sonrisa de mi sobrina. Que se lo digan al dentista.