Crónica | Una excursión gafada Unos excursionistas tardaron cuatro horas en llegar de Santiago a Vilagarcía por las múltiples paradas a las que obligó una masiva indisposición
03 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Se las prometían muy felices el viernes de madrugada cuando partieron de excursión a Cantabria, convocados por una casa comercial de electrodomésticos. Por un módico precio pasarían dos días en el norte de España sin más obligación que asistir a una demostración de productos, sin compromiso de compra. Los protagonistas fueron medio centenar de arousanos, vecinos de Vilagarcía, Carril o Cambados, que en la primera jornada de la aventura se las prometían felices disfrutando del veranillo de San Miguel y visitando las instalaciones del parque natural de Cabárceno. Las cosas empezaron a ponerse feas en la mañana del sábado, porque en Cantabria, como en Galicia, cuando el tiempo la quiere chafar, la chafa. Tenían previsto hacer un recorrido a pie por Santander, pero empezó a llover y decidieron tomar el tren chu-chu, por aquello de seguir a cubierto. Pero el tiempo no dejó de empeorar, y los turistas acabaron calados hasta los huesos y muertos de frío, así que en vista de que la excursión llegaba a su fin, decidieron volver al hotel, comer y emprender el viaje de regreso. El menú ayudó, ya que se reconfortaron con una caliente fabada. El viaje de vuelta transcurría con normalidad y ya de noche pararon a cenar en Sigüeiro. Nada más subir de nuevo al autobús empezaron los problemas. Un grupo se sintió indispuesto, sus tripas empezaron a hacer de las suyas y hubo que parar para que corrieran al servicio. Era tal la necesidad que los escasos baños públicos se hicieron insuficientes y una mujer reconoció haber aliviado sus urgentes necesidades en una papelera. Malos olores Cuando de nuevo arrancó el autobús quedó patente que se trataba de una indisposición masiva, no se sabe si por la fabada o por el frío que les había cogido por la mañana. A partir de ahí fue imposible recorrer más de diez kilómetros seguidos. A cada rato había uno, o dos, o siete que se ponían mal y aliviaban allí donde podían, junto al autobús, de campo o mal escondidos entre matojos. Los pañuelos de papel se acabaron o no daba tiempo a sacarlos del bolso. Fueron pocos los que pasadas las dos de la mañana, cuatro horas después de salir de Sigüeiro -junto a Santiago-, llegaron enteros a Vilagarcía. El olor en el autobús todavía debe recordar tan singular odisea.