AREOSO | O |
30 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.HACE años, la llegada del veranito implicaba la vuelta al ruedo de Georgie Dann, de los eternos chavalines de Verano Azul y poco más. La cosa ha cambiado y, cada año con más fuerza, la llegada del estío hace explotar también la furia metrosexual de nuestros hombres. Desde esta misma columna, el pasado año les alerté de ello. Sin embargo, el brío con el que este año llega la cuestión hace que no me resista a recordárselo. Verán, el temita de que los hombres se nos pusieran bolsos, se calzasen sandalias cuasi femeninas y se subieran al carro de los pantalones piratas y las camisetas ajustadas era una batalla perdida. Pero hay cosas con las que una ya no puede. Ahora, a los santos varones se les ha dado por las cremas y las depilaciones varias. Vamos, que una se sienta al lado de un José o un Alfredo y pasan varias cosas: apestan a un potingue de marca -porque metrosexuales sí, pero a bestias no hay quien le gane y vacían botes a tutiplé-, tienen las piernas más desérticas de pelos que el desierto del Sáhara de naturaleza verde y no dejan de hablar de si las gafas de sol con montura roja son más monas que las verdes con rayas violetas. Aquí no se salva ni el tato. Y si no pregúntele a los amigos socialistas, que el toquecillo metrosexual de la campaña le chimpó le bigote a más de uno. Lo peor es que parece que funciona.